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INTRODUCCIÓN A LOS TOMOS I Y II DE “ESCRITORES EXTREMEÑOS EN LOS CEMENTERIOS SE ESPAÑA”

El humilde trabajo que tenéis en vuestras manos, es obra del esfuerzo de un lector empedernido que en esa búsqueda maravillosa de pequeñas joyas literarias por todos los mercados de viejo, ha ido acumulando durante más de treinta años una amplia biblioteca que abarca todas las parcelas del pensamiento humano y, que en cierto modo, ha crecido tanto, que ya está fuera de su alcance su posible lectura, así como, en muchos momentos, la localización de algunos volúmenes.

Mas, ¡no importa amigos!, yo me declaro bibliófilo y mi mayor placer en esta vida es saber que aun no pudiendo dominar mi biblioteca, ésta es de mi personal propiedad y complacencia; que vive conmigo; que me acompaña.

Como extremeño fuera de mi tierra, alejado de mis raíces, de mis sensibilidades más profundas y arraigadas durante mi juventud, muchísimas veces he añorado mi tierra, mi pueblo, mis gentes, y he defendido con vehemencia y con las fuerzas que proporcionan los buenos sentimientos, cualquier ataque contra lo extremeño.

Desgraciadamente para nuestra tierra, a Extremadura se le ha conocido fuera de ella, principalmente por sus emigrantes y, asociados a ellos, nuestra pobreza, nuestra falta de cultura, etc.

Una idea que durante muchos años he venido escuchando y defendiendo, es que los que no conocen Extremadura, con esa facilidad que tenemos los españoles de criticar o de pontificar sobre lo que desconocemos, van difundiendo de nuestra región esa imagen de tierra pobre y seca, desde luego muy alejada de la realidad cuando se la conoce.

Pero ¿Extremadura es realmente como nos la retratan los que aún no han tenido la suerte de visitarla? ¿Es tan pobre y tan seca como se denuncia? ¿Somos el pueblo extremeño tan inculto como nos difaman?

Rotundamente, no.

Ya no hay imperios que conquistar con la espada, pero siempre quedan infinitos mundos a la conquista del pensamiento. Sin olvidar nuestras heroicas glorias pretéritas, hay que sentir orgullo por los extremeños que fueron firmes puntales en el saber humano, los cuales tienen hoy representación universal…”

Esta cita del conde de Canilleros pronunciada en el homenaje a uno de los hombres nacidos en Extremadura que más han colaborado en el siglo XX en la recuperación y difusión del patrimonio cultural español, Antonio Rodríguez-Moñino, aclara por sí misma la idea de este trabajo.

El drama de Extremadura no es su cuestionable pobreza, ni su aridez, ni su incultura como pueblo. El drama histórico de Extremadura, si es que hoy podemos llamarlo así, es que siendo potencialmente una de las regiones más ricas de España, ha estado desde siempre mal administrada en sus enormes recursos agropecuarios, mineros, forestales, etc. y, desde luego, injustamente repartidos sus beneficios.

Bastaría dar un somero repaso a nuestra Historia común, para encontrarnos una clara explicación que señale los principios de dónde parten esas profundas e insolidarias diferencias con otras regiones españolas, no más ricas, pero sí mejor administradas.

Su misma toponimia: Extremadura –al extremo del Duero– (me refiero a la Extremadura leonesa, puesto que también existió otra castellana e, incluso otra portuguesa), es decir, territorio en lo más extremo del antiguo reino de León, a la que pertenecía, nos señala uno de los principales problemas con los que siempre se ha encontrado esta enorme y feraz extensión de terreno; situado en las fronteras con los reinos moros andaluces y con Portugal, como muy bien nos lo advierten los numerosos castillos roqueros, sus despoblados parajes fueron a menudo moneda de pago para las monarquías castellanas, incapaces por sí mismas de defender sus inabarcables fronteras, para lo que pedían ayuda a los señores feudales que ofrecían sus ejércitos a cambio de nuevos terrenos y de mayores privilegios para la explotación de los mismos.

Así nos encontramos, que mientras otros reinos –otras regiones– fundamentaban su riqueza en el reparto de la tierra: los minifundios, de los cuáles vivía el pueblo con una razonada y planificada explotación agroganadera, Extremadura –sus tierras y sus gentes–, resultaron durante muchos siglos trofeos muy apreciados por aventureros guerreros, a la caza de un buen botín con el que respaldar los nuevos o viejos títulos nobiliarios, y poder realzar así su poder en la Corte.
La expulsión de los moros y la cristianización por los Reyes Católicos del nuevo reino de España, encontró a una Extremadura desolada, completamente despoblada, carente de ningún tipo de planificación con la que explotar sus numerosos y vírgenes recursos, y con enormes territorios propiedad de las emergentes nuevas familias ennoblecidas por el arte de la guerra o, lo que es más desolador, por la servidumbre y sumisión a los poderes de la corona: los latifundios.

Durante siglos, Extremadura fue un enorme y exuberante territorio deshabitado, donde pequeños núcleos de población malvivían arrimados a las faldas del montículo donde se elevaba, poderoso y acusador, la mole del castillo feudal, sirviendo a los intereses de su señor, que vio en la explotación de los monocultivos y en la Mesta, un lucrativo negocio en los que arriesgaba poco y lo ganaba todo.

Pocas, por no decir ninguna, son las iniciativas de desarrollo industrial o agrario de nuestra tierra, condenada a una explotación agroganadera inadecuada, donde solamente se cubrían las necesidades más primarias de la paupérrima población o, en último caso, explotaciones ligadas a su fecunda dehesa, cuyo valor añadido de la materia producida se escapaba de nuestra región, e iba a enriquecer los bolsillos de los foráneos.

Un nuevo acontecimiento que removió los cimientos del mundo conocido, e íntimamente ligado a los hombres de Extremadura, como fue el descubrimiento de las Indias Occidentales (América), condujo de nuevo a nuestra región a unos límites de población francamente preocupantes. Todos los hombres –también algunas valientes mujeres de nuestra tierra- en edad de producción, prefirieron la aventura americana, donde se vislumbraba un futuro generoso para los audaces, antes que seguir sometidos a la esclavitud de unos señores feudales incapaces durante siglos de iniciar, no ya una revolución social en unas mentalidades esclavistas, sino los más mínimos cambios que sujetaran a los brazos campesinos que día a día hacían el milagro de llenarles sus despensas o sus bien surtidas bodegas, o que defendían sus ricos patrimonios en interminables guerras de rapiña entre sus mismos convecinos, diezmando, bien por armas de guerra, o bien por las inevitables enfermedades que a éstas siempre acompañaban, el número de sus vasallos, por muchos intentos aislados de repoblación con comunidades agrarias, traídas de otros puntos de España.

En esta desidia y abandono, va siglo a siglo ahondándose el abismo que separa a Extremadura de las regiones más ricas y prósperas del reino de España, hasta alcanzar visos de tragedia, cuando el siglo XIX irrumpe en la Historia de la civilización con su prometedora e imparable Revolución Industrial.

Extremadura, que poseía en su rico suelo todos los elementos imprescindibles en este nuevo acontecer de la Historia, quedó nuevamente relegada y postergada –por una sabia planificación por parte de los gobiernos de Madrid–, de los recursos y mano de obra extremeña, en beneficio de una nueva burguesía nacida al calor de los Altos Hornos de fundición vascos, del vapor de las máquinas de confección que movía los telares catalanes, o del mismo humo de los motores que propulsaban las nuevas máquinas agrarias de los agricultores aragoneses y levantinos, que multiplicaban sin un mayor costo, el rendimiento de la mano de obra castellana y extremeña.

Mientras vascos, catalanes, valencianos, aragoneses y murcianos reclamaban del Gobierno Central las ayudas necesarias para el arranque de sus industrias y las consiguientes desgravaciones en sus impuestos que favorecieran las florecientes inversiones de capital privado, de Extremadura no salió ni una sola voz que reclamara para nuestra tierra los beneficios del desarrollo incipiente.

Los antiguos señores feudales de horca y cuchillo, hacía tiempo que habían abandonado sus incómodos castillos o casas solariegas en su tierra extremeña, para vivir en las grandes ciudades en donde malgastar sin trabajar, lo que el sudor de sus arrendatarios arrancaban a la tierra.

No les importaba el subdesarrollo de su región, ni el bienestar de sus hombres, ni el escaso rendimiento de sus enormes posesiones, con tal de que les llegara el dinero suficiente para mantener su alto y degradante nivel de vida; poco a poco fueron malvendiendo sus mejores tierras que fueron pasando a manos de los nuevos amos del dinero: la burguesía industrial o los banqueros, verdaderas aves de rapiña del patrimonio extremeño, al que supieron sacarle bien pronto el máximo rendimiento, a un mínimo costo, que revertía en verdaderos ríos de riqueza en sus tierras de origen.

Los escasos esfuerzos por defender el patrimonio de nuestra tierra y los fallidos intentos a nivel político de un reparto más justo de sus recursos entre los más desfavorecidos, resultaron, a la postre, sonados fracasos bañados por la sangre de los propios jornaleros extremeños, incapaces las autoridades nacionales de acometer unas reformas donde prevaleciera la justicia sobre los intereses de una minoría, poderosa y reaccionaria a cualquier intento de cambio social.

No vamos a recordar aquí el tremendo desenlace que produjeron las tímidas reformas agrarias, emprendidas y nunca terminadas, por la II República, que terminaron con esa “guerra incivil” que asoló a España durante los años 1936-39, que ha perdurado con el mismo grado de injusticia social hasta nuestros días, que no fue más que la reacción de las clases acomodadas, los clanes familiares de las milicias, la burguesía terrateniente, y todos ellos, arropados y bendecidos por uno de los máximos latifundistas de España: la Iglesia Católica, Apostólica y Romana española.

Voy a tomar prestados los datos aportados por el abogado y político extremeño Pablo Castellano en su libro “Por Dios, por la Patria y el Rey” (Páginas 94-95), porque explican claramente lo que anteriormente hemos intentado reseñar sobre el injusto reparto de la tierra: “En 1930 las propiedades rústicas de los grandes de España más cualificados, los duques de Alba, de Medinasidonia, y de Medinaceli, Peñaranda, Vistahermosa, Fernán Núñez, Arión, del Infantado, los marqueses de la Romana y de Comillas, el conde de Romanones, etc., se acercaban a las 600.000 hectáreas. El porcentaje de fincas que superaban las 250 hectáreas era de un 62 por ciento en Extremadura; de un 61 por ciento en La Mancha y de un 51 por ciento en Andalucía. La República intentó cumplir el mandato constitucional de poner esta riqueza al servicio del interés general. Fracasó. Su Ley de Reforma Agraria, insuficiente, sólo duró dos años y, por las impaciencias de unos y las trampas de los encargados de su aplicación, ostensiblemente contrarios, sólo fue un motivo más de frustración, como lo fuera la ineficacia e incumplimiento de las normas laborales más avanzadas.
La cruzada bélica devino poco a poco, sin prisa pero sin pausa, en reconquista de la administración y en asentamiento rentable y confortable en el régimen totalitario, a la espera de nuevas epopeyas; en una constructiva acomodación a la situación, para dar servicio a los dueños inveterados del país, que recuperaban lo poco que habían perdido”.

Hasta aquí, hemos dado nuestra discutible opinión sobre uno de los múltiples factores determinantes en los desajustes sociales de Extremadura: el injusto reparto de la propiedad de la tierra, y el desacertado y egoísta criterio de explotación de los recursos naturales de nuestra región.

Pero ¿Y los hombres extremeños con capacidad intelectual suficiente como para parar este terrible desaguisado social? ¿O es que en Extremadura no había hombres cultos y libres, capaces de denunciar las injusticias que se venían dando desde siempre en su tierra, que arruinaban sus riquezas y forzaban a sus mejores y más fuertes brazos a partir rumbo a otras latitudes?

Cultos, desde luego que sí, como veremos en sus apuntes biográficos. Libres… No muchos.

Me explico:

Los mismos condicionantes económicos enumerados anteriormente, con dos clases sociales perfectamente diferenciadas por sus riquezas, los unos, y su extrema pobreza los más, y siempre enfrentados entre sí, van a ser el semillero de donde surja una juventud sujeta a pautas desde su mismo nacimiento.

Los primeros –los hijos de los ricos y poderosos–, serán educados desde su tierna infancia desde la diferencia que ya de por sí supone el saberse dueños de vidas y haciendas, sin la más mínima preocupación por el desarrollo cultural de los hijos de sus asalariados, toda vez que en su estructura mental sólo eran mano de obra barata con la que aumentar sus propios negocios.

Cuando la pobreza y la miseria de estos desfavorecidos trabajadores llegaban a ofender sus fibras más sensibles, recurrían a la caridad cristiana como la mejor forma de acallar sus conciencias.

Eran los únicos que podían permitirse el lujo de educarse en buenos colegios –siempre bajo la batuta de alguna Congregación religiosa–, ingresar en la elitista y restringida Universidad y, desde luego, cuando conseguían alcanzar alguna graduación académica, pocas veces regresaban a su tierra de origen, carente ésta de toda posibilidad en la aplicación profesional de sus conocimientos.

Los segundos –los hijos de las clases desfavorecidas–, bastante tenían con poder alcanzar el cubrir las necesidades de subsistencia, en sus siempre prolíficas familias.

Hoy día, en que afortunadamente está tan en boga la defensa de igualdad de oportunidades de la mujer, nos parecería verdaderamente humillante el valor de la mujer dentro de la familia de arrendatarios o braceros campesinos, toda vez que la mayor riqueza de éstas, se basaba en el número de brazos útiles –siempre varones–, con los que poder rentabilizar el escaso y mal pagado trabajo que se ofertaba, hasta hace no muchos años, en las plazas de los pueblos.

Cuando el hijo de algún campesino pobre o pequeño propietario destacaba por su inteligencia, los avispados párrocos de los pueblos, siempre ojo avizor y preocupados por su negocio “divino”, dispensaban el honor de ofrecerles sus propios centros de formación –los Seminarios–, con los que poder moldear y encauzar en beneficio propio dichas facultades.

Para los hijos de las clases humildes que no querían quemar sus vidas bajo el tórrido y asfixiante calor del verano, o entre las afiladas cuchillas de los hielos del invierno, siempre les quedaba el recurso de la emigración a ciudades industriales del norte de España, donde en hacinadas y vergonzantes barriadas-dormitorios, malvivían, entre ratas y barro, los hombres con los brazos más fuertes y necesarios para nuestra insolidaria región.

Alguien tendrá que hacer algún día la gran obra que recoja el dolor producido por la ausencia forzada de su tierra de tantos y tantos extremeños, despojados de lo más sagrado que tiene el hombre, como son sus raíces, sus costumbres ancestrales, el espacio siempre añorado de sus campos y de sus pueblos…, de sus muertos.

Yo, que soy parte de esa inmensa masa de jóvenes extremeños que tuvimos que abandonar nuestra tierra en los fatídicos años 60-70, buscando una posibilidad de redención de la pobreza a través del estudio y del trabajo, que en mi tierra se me negaba, he visto muchas veces con tristeza y con rabia, cómo en las impersonales y áridas plazuelas de los arrabales madrileños se reunían grupos de hombres mayores y de mediana edad, con claras y evidentes señales de ser inmigrantes andaluces, manchegos o extremeños, cuya única conversación, después de tantos años de ausencia y abandono, giraba indefectiblemente sobre sus pueblos de origen; su preocupación por las cosechas de unos campos que nunca fueron suyos; la calidad de sus vinos o de su aceite que raramente probarían; el ritual de sus matanzas, de sus migas o de sus calderetas, aún mas añoradas y deseadas, cuanto que la nueva civilización que crece a su alrededor, y de la que ellos son nuevamente ajenos, les ofrece comida-basura.

Estos hombres que nacieron y crecieron frente a espacios infinitos de extraordinaria belleza natural, al final de sus días se encuentran encarcelados en pisos de miniaturas, productos de la especulación de los nuevos prohombres de nuestro país, bajo el amparo de unos hijos agobiados por sus propios problemas de subsistencia, y en donde el abuelo no es más que un inevitable estorbo, y sin más paisaje que los ladrillos baratos de las torres vecinas, la polución que sube de la ruidosa calle, y sin más verdor que llevarse a los ojos que una raquítica planta de geranio traído por la nuera del pueblo, que hoy se marchita falto de cuidado, colgado en los barandales de la mínima terraza del pisito.

Y cuando llegue la hora final, ni siquiera el incumplido y sagrado deseo de ser enterrado entre los suyos. Una olvidada tumba, engrosará el interminable número de perdidas sepulturas en una de las terroríficas ciudades mortuorias que circundan la gran ciudad, donde nadie se acercará a depositar una flor, ni a musitar una oración en su recuerdo.

Estas tristes meditaciones, reflejadas en el papel como un explosivo desahogo personal, fue lo que me llevó, hace muchos años, a indagar en nuestra historia y en la de nuestros hombres más célebres –en este caso escritores–, cuyos nombres nominan las calles de nuestras ciudades, pero que muy pocos conocemos como se merecen.

Mi atrevimiento de pretender acercar al gran público extremeño la vida y la obra de este ramillete de nuestros más preclaros hombres de Letras, nace precisamente, y como en los viejecitos de las plazas arrabaleras, de mi deseo de no desgajarme de mis raíces extremeñas; de mirar hacia atrás en mi vida con todo el amor por lo perdido; por querer tener siempre muy presente a la ingrata y deseada tierra donde nací, en la que descansan todos mis mayores, y a la que desearía volver cuando llegue mi último momento, para que “…sirva a su tierra y sea, en esta tierra, semilla de eternidad… O estiércol para una rosa”. (Pedro de Lorenzo).

Para ello, he hecho mías las palabras del escritor Andrenio, que nos dice: “Aunque en los estudios literarios y en todos los de índole histórica el investigador es verdaderamente el que trae las gallinas, hace falta realizar, de vez en cuando, revisiones críticas y también resúmenes de vulgarización que faciliten el conocimiento y atraigan, si tienen gracia para ello, a los curiosos”.

Ese es mi deseo. Acercar a nuestros personajes desde la visión de un ávido lector, huyendo, pero respetando, los estudios, ensayos y biografías de profesores especializados, resumiendo y vulgarizando en estos breves apuntes biográficos, lo que he considerado más relevante de cada uno de los personajes.

Como homenaje y agradecimiento a estos dotados especialistas, he querido añadir al final de cada estudio, la bibliografía en la que me he apoyado y de la que he extraído estos humildes apuntes, para que aquellos extremeños que sientan más erudita curiosidad, puedan acercarse y estudiar en profundidad a nuestros escritores.

Que seamos los extremeños los primeros en el reconocimiento de nuestros valores”.



R. Hernández Megías.

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