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MUERTE PERRA DE UN PERRO


Cuando la muerte llega como consecuencia de una violencia injustificada, por la barbarie de unos seres llamados así mismo inteligentes, o por la necedad con que esos mismos seres encubren su propia ignorancia o su maldad, entonces, el cuadro que quiero quede reflejado en estas líneas se presenta con ribetes de verdadera tragedia, tanto para el que muere, como para el que mata por el simple placer de matar.

Los años y la observación permanente me han enseñado que solamente el hombre es capaz de sentir satisfacción e incluso placer matando. Da lo mismo que la mano asesina se lleve por delante la vida de otro semejante, de otro animal o planta. Es el hecho mismo de saberse ejecutor de tan deleznable episodio, de sentirse por un momento superior del que tiene enfrente, de poseer la facultad de suprimir a quien le estorba o le molesta, lo que le hace placentero el hecho de matar.

Pero es que este repugnante atentado a la norma más esencial de la existencia, como es el respeto a la vida de todo cuanto le rodea, queda agravado por un hecho sin precedente en la misma naturaleza como es la acción de la tortura, con el único fin de atemorizar, reprimir o aniquilar al contrario con el máximo de sufrimiento mediante métodos convincentes desde la propia naturaleza, pero degradantes desde la misma racionalidad del sujeto que la ejerce.

Si observamos atentamente a nuestro alrededor, podremos ver que los animales “no racionales” emplean en su depredación comportamientos aparentemente terroríficos (el gato, cuando caza un ratón, nunca lo mata; muy al contrario, hábilmente lo paraliza clavándole su uña en la espina dorsal, comenzando desde ese momento un trágico juego en el que el indefenso animalillo, aterrorizado por su cazador y ante la imposibilidad de escapar de sus garras, segrega tanta adrenalina como para macerar su propia carne. Es el momento en que el gato glotón engulle tan suculento bocado)

Este esclarecedor ejemplo en animales cazadores podemos también observarlo con un mínimo de atención por nuestra parte, en el reino vegetal: los árboles y las plantas necesitan de un espacio vital para su pleno desarrollo, así como de unos minerales que sustraen de la tierra.

Cuando ese espacio de luz o de tierra es invadido por otras especies con sus mismas necesidades, se establece una feroz y silenciosa lucha entre ambas especies, hasta que la más fuerte o la mejor dotada triunfan y aniquilan a sus contrarias, mientras que el resto de las plantas que no amenazan su subsistencia prosiguen sin peligro su plena eclosión.

He querido reseñar estos dos casos, porque si bien en ambos el final es la muerte para el más débil, ésta llega siempre como un fenómeno natural de subsistencia.

Sólo el hombre, entre todos los seres de la Creación, ha superado hace ya muchos siglos el instinto de conservación de la especie, así como también ha sobrepasado inteligentemente sus necesidades cazadoras para sobrevivir y ha derivado su instintiva naturaleza violenta hacia otros derroteros menos nobles y mucho más prosaicos.

El sumun de esta irracional fiereza del primitivo hombre cazador la alcanza, cuando al ejercicio de la violencia con otros seres vivos ajenos a su propio género, éste es capaz de llegar a matar y ensañarse con otros hombres sin que se le revuelva su propia naturaleza racional.

Hay un refrán muy del gusto de los hombres en el ambiente rural que dice: “el hombre es un lobo para el hombre”, que yo quiero permitirme la confianza de modificar por el más coherente y acertado de: “el hombre es un hombre para el hombre”, queriendo salir en defensa de un animal tan denigrado y perseguido por su legendaria como literaria crueldad, como es la del lobo.

Pero quiero esta vez, que sea uno de esos pobres animales que pueblan las calles y las casas de los pueblos –como este mío-, y que sufren a diario de la crueldad de sus “amos”, quien nos cuente su desventurada historia, en la que solo él pone el amor, correspondido por el mayor de los desprecios:

“Voy a morir. Sé, desde esta mañana cuando mis dueños se alimentaban junto al dulce calor de la lumbre, que me habían condenado a muerte y que no había salvación. Ni había ni ya yo quería, porque no era tiempo de huída.

Es verdad que cuando alcancé a comprender en todo su alcance las palabras del amo de la casa y las tenues quejas de su mujer sobre la crueldad de tal acción, se me vino el mundo encima y que mi primer pensamiento fue el de escapar de tan ingrata como querida casa, donde con más o menos suerte he pasado toda mi vida.

No es menos cierto, que los años y ese tremendo vacío que sentimos los que vivimos sin el calor de una caricia, me han ido restando arrojo y que mis achaques de perro viejo y achacoso, como dice mi amo, me desaconsejan la huída. Pero más que otra cosa, es el amor que siento, sin que se lo merezcan, por esta injusta y desagradecida familia, lo que me obliga a aceptar mi condena a muerte, por el simple hecho de que ya no les soy útil y que no me gano el mendrugo de pan con el que diariamente me alimento.

Esa sería mi primera queja en ésta, para mí, desafortunada historia. Y es que denuncio que los hombres son incapaces de amar, no ya a los animales, que eso sería pedir un imposible, sin que por medio intervengan intereses ajenos a dicho sentimiento.

¡Qué animal más extraño es el hombre, por mucho que él quiera arrogarse el inmerecido honor de ser el amo de la Creación!

En su soberbia o estupidez, no sabe el pobre que la naturaleza no hace distingos entre unos seres y otros y que todos somos necesarios y complementarios en esta gigantesca rueda que es la vida.

Se dice inteligente y por exclusión personal le quita a otros animales el poder de pensar, de sentir y, por consiguiente, de poder evolucionar como él lo ha hecho, cuando tantos ejemplos a lo largo de la historia les hemos dado, a los que tanto nos deben en esa su búsqueda sin horizonte que les llevará irremisiblemente a su propia desaparición, fruto de su misma irracional impotencia.

El hombre vive completamente ajeno al mundo que le rodea y sólo se fija en él para su propio beneficio. En su obtusa ignorancia todavía no se ha dado cuenta de que de todos los animales que poblamos este maravilloso planeta, él es el menos dotado para la subsistencia y el primero que sufrirá las consecuencias de las agresiones con que diariamente le agrede.

Esta esquizofrenia de los hombres les ha hecho sentirse dueños y señores de todo cuanto les rodea y de que no tengan el más mínimo atisbo de culpabilidad a la hora de utilizarlos para su propio beneficio, ni cuando esto signifique la muerte del contrario.

Ya veis: en cuanto me he enterado de mi suerte, me he venido a mi rincón y me he puesto a filosofar como hacen los hombres cuando se encuentran en mi misma situación.

Pero no es esto lo que yo pretendo. Yo quisiera en estas últimas horas que me restan de vida, plasmar mis recuerdos y mis vivencias entre los hombres, por si sirvieran de algo a quien tenga un poco de amor hacia nosotros los animales, porque siempre seremos la parte más débil e indefensa frente a la violencia que sobre nosotros se ejerce.

Mi llegada a este mundo vino ya marcada por la desgracia. Mis nuevos dueños, encaprichados por mi aspecto o por mi condición de hembra, decidieron apartarme de mi madre y de mis hermanos, sin que nunca más supiera de ellos.

Tengo en mi lejana memoria de cachorra destetada prematuramente, el recuerdo de largas noches de frío y miedo, compensadas a veces por las caricias de una mano piadosa y de un regazo caliente, mientras me alimentaban entre risas con biberones, junto al fuego de la chimenea.

La temprana memoria me fue borrando el olor de mi madre y de mis hermanos, conforme me fui acomodando a otros olores y a otras compañías, que por entonces –y quiero ser agradecida-, me cuidaban, me querían y jugaban conmigo como si yo fuera su nuevo juguete.

Tan sólo la presencia agria y atronadora del amo de la casa y de sus enormes botas de cuero me imponían terror, nada más sentirlas cerca de mi alcance.

Siempre fue así conmigo y en más de una ocasión me he sentido humillada y maltratada, sin llegar nunca a comprender cuál era el motivo por el que se me castigaba. Si llegaba tambaleante a casa o con la cara encendida por la ira, siempre era yo el objeto de su encono al verme sestear sobre la alfombra: Echad fuera de casa este chucho, que me va a llenar la casa de pulgas”, era el comentario menos grave que caía sobre mis huesos.

Únicamente la mano de la niña de la casa sobre mi cabeza y el tazón de leche con galletas con que me regalaba algunas veces, aliviaba mis penas y hacía huir de mi ánimo esa sensación de terror que me agarrotaba cada vez que me encontraba en su presencia.

Yo, que nunca he sido cobarde como en tantas ocasiones he demostrado defendiendo la casa y a sus moradores, aprendí en aquellos primeros meses de mi vida a evitarle y a escapar cobardemente en cuanto hacia acto de presencia.

Me apena la poca sensibilidad de los hombres y me duele enormemente el que nos consideren animales inferiores y sin capacidad de sentimientos. Porque esto no es verdad. Nosotros somos capaces de tener sentimientos muchos más intensos y generosos que ellos.

Si bien aceptamos libremente el someternos a la autoridad caprichosa de los hombres cuando por instinto, fuerza e inteligencia, seríamos capaces hasta de matarlos, no por ello anulamos nuestra capacidad de amar y de defender, sin que nadie nos lo pida, todo cuanto amamos.

Viene esta reflexión a cuento, porque cuando nos enteramos de que el ama iba de nuevo a parir, todo fue cambiando en el ambiente de la casa. Sobre todo para mí, que fui apartada de ella como si fuera una apestada. Ya, ni siquiera era merecedora de tan deseadas carias de las mujeres de la casa, temerosos de que pudiera transmitirle a la preñada algún mal, para mí inexplicable.

Fue precisamente el nacimiento de la nueva criatura y mis inocentes deseos de defenderlo, lo que propició el primer gran castigo de mi vida, que me tuvo durante muchas semanas con el cuerpo molido y con ganas de morir: cuando después de muchos ajetreos y nerviosismos por parte de todos los de la casa, nació el nuevo niño, yo, que nunca había oído llorar a un recién nacido, creyendo que alguien lo maltrataba, me acerqué a la cuna con el exclusivo ánimo de saciar mi curiosidad, pero también con el propósito de defenderlo si hubiera hecho falta.

¡Para qué se me hubiera ocurrido! Nada más traspasar las puertas de la habitación donde el nuevo infante lloraba a todo pulmón, los gritos de la vieja ama, agria y dura como un cardo, me indicaron la inoportunidad de mi acción.

Lo que para mí no era más que un acto de amor o una comprensible curiosidad de cachorra ante los gritos de aquello desconocido, lo interpretó la maldita vieja como una posible agresión por mi parte, inducida por los celos –según ella.

Sin darme tiempo a reaccionar y aturdida por los gritos, no me di cuenta de la llegada de la patada del hombre que, furioso, me alzó del suelo más de un palmo, mientras que mi cuerpo se estrellaba contra la pared.

De aquella experiencia conservo una malquerencia hacia la pobre vieja, a la que a veces –lo confieso con vergüenza-, he procurado molestarla cuanto he podido, aún a sabiendas de que me podía alcanzar con su bastón.

También la crueldad del hombre quedó en mí profundamente marcada y aunque siempre he procurado obedecerle y hacer bien mi trabajo, no es menos cierto que ya para siempre hubo una pared de incomprensión entre él y yo que jamás traspasé, ni en los momentos en que quiso, a su manera, agradecerme mi buen quehacer de cazadora.

¡Cómo me hacía sufrir este hombre sin que él se diera cuenta!

Y es que esa es la peor condición de los humanos, hacer daño por el mero hecho de no valorar ni tener en cuenta a quien le acompaña.

Cuando consideró que ya tenía edad de serle útil y de que aprendiera el arte de la caza, me ataba una cuerda fina al cuello que me cortaba el aliento, me unía con la cuerda al eje interior del carro que él mismo conducía y me obligaba a seguir su marcha entre el estruendo de las peligrosas llantas de hierro de las ruedas y el chisporroteo que sacaban de las piedras del camino los cascos de los animales de tiro, fustigados muchas veces por su tralla.

¡Cuánto miedo y cuánto dolor he pasado hasta que aprendí a trotar al paso que el armatoste con ruedas me marcaba!

¡Qué injusto ha sido este hombre conmigo! Ni mi propia juventud respetaba.

Si bien le he oído en más de una ocasión ensalzar mi figura y mis dotes de cazadora infatigable, cuántos palos y castigos he recibido por la única e imperdonable culpa de no tener experiencia y no levantarle la caza como él quería.

¿Habéis visto alguna vez la muerte de cerca? Qué sensación de frío y de miedo cuando ante la pérdida de una perdiz o el salto mal señalado de una liebre, los cañones de su escopeta giraban hacia mí, mientras que de sus ojos y de su boca se escapaban insultos atronadores.

Fue en una de estas batidas y mientras yo correteaba entre las frondosas encinas para acercarles a su puesto a las desdichadas aves, cuando me encontré por primera vez con la imagen imborrable del destino que ahora a mí me espera.

Obsesionada como estaba con contentar a mi amo y en demostrarle que era la mejor en tan especializada suerte del acarreo, fui ampliando mi campo de trabajo hasta encontrármelo con toda la crueldad y el salvajismo como el que señalaba la espeluznante escena.

De las ramas de una fuerte encina y colgados por el cuello, ya descompuestos por el tiempo, aparecieron ante mis ojos los cuerpos de tres hermanos galgos, sin que yo pudiera entender el por qué de semejante sacrificio.

Fue tal mi espanto, que al momento perdí mi templanza y me puse a aullar descompuesta, mientras que huía de aquel maldito lugar temblando de miedo y con el rabo entre las patas, para refugiarme entre las piernas de mi sorprendido amo.

-“Cuidado, la perra ha visto una pieza grande. Vamos a por ella” –exclamó el hombre mientras me apartaba de un puntapié y corría hacia el lugar de mi encuentro con su certera escopeta preparada.

El olor nauseabundo y la trágica imagen de los tres perros ahorcados pararon su entusiasmo de cazador, al mismo tiempo que hacía un comentario jocoso a sus acompañantes:

-“Estos han cortado por el camino más corto. Ya se sabe: perro mal cazador no merece un cartucho”. Y dirigiéndose a mí por primera vez en su vida y dando a entender que yo comprendería sus palabras, me dijo: “ya sabes Estrella, o afinas o te cuelgo”.

Y así comprendí, con esa mínima expresión y ante semejante cuadro, cuál era el final de tantos hermanos míos que desaparecían por entre los intrincados bosques de una temporada a otra: era más barato para el hombre la cría de nuevos perros cazadores que perder su valioso tiempo en enseñar a los menos preparados.

Así es la crueldad de este ser que se llama así mismo civilizado.

¡Hasta para parir dependemos de su capricho!

Cuando llegó la hora de mi primer celo, qué susto y cuántos temores ante lo desconocido. Por vez primera me sentí cortejada y deseada por otros machos que incansablemente rondaban la casa, para desespero de la mujer y enfado del hombre: “como me la monte un chucho los mato a los dos” –decía- ¡Ya lo creo que lo hubiera hecho!

Pero cuando consideró que era el momento apropiado a sus intereses, que poco tardó en buscarme un macho de su agrado, sin que yo pudiera oponerme a sus deseos.

¡Qué cosa es el amor y que dulce y extraño es todo cuanto le rodea!

Recuerdo mis miedos de novata ante aquel hermoso pero brutal macho semental que sin preámbulos me poseyó, ayudado por mi propio amo que me mantenía sujeta por la correa.

Mientras yo sufría el dolor de sus embestidas, con qué satisfacción calculaba el valor de la futura camada.

Ni por un momento pensó en mi comodidad ni en mi desamparo de primeriza. Si éste es su comportamiento con su compañera, no me extrañan las desavenencias ni las peleas que últimamente y casi a diario mantiene el matrimonio.

Los meses que duró el embarazo fueron, curiosamente, los únicos en mi vida en que se me prestó atención y se me cuidó desde su extraña y ruin delicadeza, cuidando al máximo que estuviera bien alimentada y que no padeciera excesos. Fueron los meses más felices de mi vida, a la espera de ese milagro siempre renovado como es el de alumbrar nuevas vidas.

Por primera vez me sentía importante en el seno de la familia e, incluso, me permitía ciertas confianzas que siempre me eran perdonadas.

Pero no era ajena del saber que mi importancia se basaba en el número de cachorros que pariera, así como de la pureza de raza de los nuevos alumbrados.

¡Hasta el veterinario del pueblo estuvo presente en mi parto! Tenía un oscuro recuerdo doloroso de su presencia, cuando me llevaron a vacunar, pero reconozco, y tengo aquí que decirlo, que ha sido el más humano de los hombres con los que he tenido trato ¡Qué delicadeza y cuántos mimos hasta ver nacidos a mis hijos!

Sin embargo, ese mismo momento que tenía que haber sido el más feliz de mi vida, se convirtió al instante en uno de los más tristes y crueles de mi existencia.

¡Diez cachorros hermosos como soles me nacieron! Diez espléndidos hijos que mi instinto de madre me señalaba como sanos y fuertes.

Pero nuevamente el hombre decidió por su cuenta, sin darme cuenta a intervenir: “quiero que se quede con los cuatro machos y una hembra”, sentenció mi amo. Y el veterinario, con mano experta y acostumbrada a tales menesteres, fue apartando al resto de las hembras que formaban mi camada.

Me horroriza recordarlo, y en muchas ocasiones tales recuerdos se han convertido para mí en una obsesión enfermiza que me hace subir la fiebre y temblar de espanto cuando me encuentro a solas.

Nada más ser apartadas de mis ubres mis hermosas cachorrillas, la mano criminal del energúmeno que es mi amo, las cogió sin el más mínimo miramiento y con todas las fuerzas de su robusto brazo, las fue estrellando, una a una, contra el cercón de piedra que guardaba la nave en que nos encontrábamos.

¿Qué madre es capaz de soportar sin rebelarse el sentir el sordo ruido de los cuerpecitos de sus hijos y el leve quejido de sus protestas en el momento del impacto sobre la pared?

Hasta el pobre veterinario alzó su queja ante lo consideraba una salvajada. Pero el mal ya estaba hecho sin que el hombre hiciera caso de sus reproches.

Desde ese momento se la juré, y en más de una ocasión estuve a punto de atacarle hasta destrozarle. Jamás le permití acercarse a mis cachorros vivos, aunque sintiera sobres mis costillares, más de una vez, la caricia de su látigo.

Tampoco los cinco cachorros que me quedaban tuvieron más suerte de la que tuve yo en mi lejana infancia. Uno tras otro fueron desapareciendo de mis cuidados y entregados a otros hombres a cambio de unas monedas. De nada valía mi defensa, pues siempre era engañada, e incluso maltratada, cuando oponía fuerte resistencia al robo de mis hijos.

La soledad cayó sobre mí como una enorme losa fría que paralizaba todos mis movimientos; noches y más noches he trotado por los campos cercanos, con el alma destrozada y los ojos arrasados de lágrimas, buscando inútilmente un rastro que me llevara hasta ellos. Pero todo fue inútil. Ya nunca jamás he vuelto a saber de su existencia.

¿Qué maldita sinrazón nos ata a quien no nos ama? ¿Por qué seguimos unidos a estos monstruos que nos maltratan? Nunca podré darme una respuesta convincente.

Nosotros, los que ellos denominan animales irracionales, estamos capacitados para vivir al margen de la locura de los humanos y, sin embargo, incomprensiblemente, como una maldición, les seguimos amando. Yo no alcanzo a comprenderlo y aquí estoy de nuevo, sufriendo las consecuencias de mis dudas y el desvarío de su innata crueldad.

Ya no quiero seguir lamentándome ni alimentando mis dudas. Mi destino se cierra en unas horas y, podréis creerlo, no siento la mínima esperanza de que a quienes tanto he amado se compadezcan de mi suerte.

Pero sé, que tarde o temprano, mis verdugos de hoy, sufrirán en sus propias carnes la maldición por todo el horror que han ido sembrando durante sus vidas.

El hombre desaparecerá como desaparecen todas las razas malditas y que entonces, este mundo será un verdadero paraíso para los otros animales, más capaces de gozar lo creado y de respetarse mutuamente.

Tan sólo me inquieta la antigua imagen de mis hermanos colgados de las ramas de una encina y pido al Creador que mi agonía sea lenta.

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